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VerdeBendita


Crear.
Crear sin temor.
Crear sin esperar los resultados.
Crear porque soy capaz.
Soy capaz de creer y al creer, creo.
Creo en mí. 
También me creo.
Creo porque quiero
y quiero porque la vida es creación.
Creación de materia, de pensamientos
y de posibilidades.
Crear es imaginar.
Nuestro alrededor es una creación.
Creo que podemos imaginar lo infinito.
Creo mi infinito.

Creo en mí, infinito.


Nuestra existencia en este planeta es corporal. Somos consciencia en materia, vivimos en un cuerpo que responde a la información interna y entorno. 


La cosmogonía con la que nos paramos en la vida, los discursos que dibujan nuestro entendimiento, cómo satisfacemos nuestras necesidades orgánicas, dónde vivimos, las relaciones que nos sostienen, nuestro foco de percepción y rango de sensaciones, configuran nuestro cuerpo existencia.


El cuerpo es una construcción simbólica más que una realidad objetiva.


Cuando comprendemos esto, la concepción del cuerpo como una entidad fija, estándar, limitada, deja de tener sentido y empiezan a manifestarse los conceptos que construyen nuestra noción de cuerpo y las creencias a las que responden. Los monjes budistas no perciben su cuerpo de la misma manera que yo, una mujer colombiana.


La concepción del cuerpo y nuestra existencia se va configurando a partir de las narraciones que sonorizan nuestras experiencias. Como dice David Le Breton: “Cada sociedad esboza, en el interior de su visión del mundo, un saber singular sobre el cuerpo: sus constituyentes, sus usos, sus correspondencias, etc. Le otorga sentido y valor” (1). Más que la suma de sus huesos, el peso de su carne y los genitales que lo conforman, el cuerpo es la interposición de las concepciones que tenemos sobre las personas y los papeles que deben desempeñar dentro de sociedades con intereses comunes. Es así como mente y cuerpo dejan de ser entidades separadas y se convierten en una realidad integrada. 


La menstruación no es concebida a partir de su realidad objetiva: una manifestación mensual y personal del ciclo reproductivo femenino; en nuestra sociedad, la menstruación es concebida como la regla, como sangre sucia que debe ser desechada y escondida para no incomodar a quienes sangramos y especialmente a quienes nos rodean. Son los discursos que nos han transmitido a las mujeres los que han dispuesto cómo experimentamos nuestra menstruación. Cuando cambiamos las premisas, la experiencia de menstruar puede ser sublime.


Lo que se construye puede ser destruido.


Aunque el lugar en el que nacemos dispone la configuración mental y la realidad material que nos sustenta, construye nuestra concepción inicial de persona y de cuerpo, somos seres conscientes capaces de replantearnos estas concepciones a partir de nuestras experiencias y el sentido que les otorgamos. Podemos destruir lo que deja de tener sentido. Vivimos la realidad que concebimos.


Es ahí donde reside la libertad. En la posibilidad de escoger y reconfigurar continuamente las creencias que conforman el escenario en el que nos desenvolvemos.


Y estas pueden ser tan limitantes o expansivas como queramos.


Como nos recuerda el gran artista Darío Villegas: “Poesía deriva de la palabra griega poiesis y tiene el sentido de hacer, causar, crear; alude también a convertir los pensamientos en materia. Es creación a través de algún lenguaje, de un entorno de representaciones mentales, que a su vez proyectan y definen la realidad en que se vive. (…) El pensamiento nos mantiene dentro de los límites de lo conocido. La poesía se mueve en los límites del misterio y se dirige hacia lo desconocido para aprehenderlo, saborearlo, darle nombre, conjurar su imagen y adquirir poder sobre él” (2).


El cuerpo es la prueba más fehaciente de la poesía. Un montón de versos, algunos propios, la gran mayoría impuestos, tejen la superficie de nuestra piel. ¿Qué cuentos queremos contarnos?


Cuando tenemos el privilegio de mirar de frente los discursos que alimentamos, cuando podemos olerlos, desmenuzarlos, empezamos a verlos como construcciones que podemos seguir edificando o tenemos la posibilidad de evaluar los materiales que hemos utilizado y las estructuras que han soportado y podemos hacer un inventario de ellos. De esta manera, empieza a manifestarse la silueta del cuerpo que habitamos como algo maleable, que se puede destruir y crear cuantas veces sea necesario. Si no fuera por eso, mi menstruación no hubiera transmutado de tortura a sabiduría. La poesía es creación y destrucción.


¿Voy a seguir delegando la vocería de mi vida? ¿Son los demás los responsables de crear las canciones que dibujan las alternativas y oportunidades que se me presentan? ¿Es responsabilidad de mi jefe, de mi pareja, de mis padres? ¿O más bien soy yo la artista?


Quiero encarnar conscientemente la poiesis.


Honro mi vida, mis construcciones, la red que tejí de niña para filtrar mis interacciones y entendimientos del mundo en el que me desenvolvía. Decido mirarla, observar las hebras –los anhelos, los miedos, los impulsos inconscientes que me han motivado—para traer a la luz, a la consciencia, todos esos hilos que decidí dejar por fuera. Para tejer una nueva red, más amplia, que incluya los colores que antes no podía percibir.  


Quiero hablarle claro a la vida, a las personas, al entorno. Quiero renovar constantemente mis narraciones. Solo así puedo agenciar mi posibilidad creadora, desde la consciencia y no desde los impulsos de lo conocido, de la inercia. Quiero expresar materialmente lo que creo, integrar mis sentires, pensamientos y acciones. Cuando le pongo carne a las energías, a las intenciones, y las traigo al campo de información que intercambiamos los que estamos en esta experiencia terrenal, tengo mucha más influencia en la manifestación de lo que quiero.


Es hora de romper el silencio, de escuchar nuestras voces –las que nos gustan y las que no tanto—, de hablar fuerte y claro, de crear realidades de abundancia y cantar sonetos de sinergia y simbiosis. Está en nuestras manos, en nuestro estómago, en nuestro cuerpo, en las palabras que nos fundan y nos funden con la realidad que creamos.



(1) David LeBreton: «Antropología del cuerpo y Modernidad», 2002
(2) Darío Villegas: «Baraja del buen viajero», 2016





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